Por Alejandro Alcázar

Con el cansancio a cuestas llegó el cierre de una jornada tan frenética como entrañable, con una cena-picoteo en el mismo lugar del almuerzo. Fue el momento de las conclusiones, de los grupitos, de las confesiones, de los recuerdos, de cerrar un día que quedará en la memoria de quienes fueron convocados por una asociación diferente. Una iniciativa de un grupo de veteranos empeñados en echarle un pulso al tiempo, que la arruga es bella, y las canas tan necesarias como seguir corriendo detrás de una pelota.

Conversé con un montón de los presentes, que traían el ayer al hoy para avivar mis recuerdos y darme cuenta de que la vida al final está siendo amable. Pero, sobre todo, hice varios altos en el camino para volver abstraerme y hacer ese solo en mi cabeza curioseando el entorno. Les aseguro que todo era buen rollo en los múltiples grupos formados, acompañado de las ricas viandas regadas adecuadamente. Vamos, que la foto de mi cabeza está repleta de luz y de color y a la que intento poner este marco.

El regreso a Madrid fue el esperado. La noche en Cartagena dio de sí con un ágape que duró hasta casi las tres de la mañana y que algunos alargaron para ver las
‘estrellas’ del cielo que inundan el Mediterráneo. A la mañana siguiente los asientos del autobús fueron para casi todos prolongación de la cama. El regreso se adelantó una hora al plan previsto y con el que todos estuvimos de acuerdo. La última parte del trayecto la cerré charlando con ese genuino de Torrejón
llamado Javi Triguero, que guía con maestría las selecciones madrileñas. Y fue el momento de los pequeños resúmenes del final a unas 32 horas que quedarán grabadas en

